Tertulia del Padre JK

 

 

En el año de la celebración de los 50 años de la partida a la casa del Padre Dios del padre fundador  del Movimiento Apostólico de Schoenstatt,  padre José Kentenich,  la comunidad del Colegio de la Santísima Trinidad junto a la familia de Schoenstatt del Santuario de Montahue se congregaron  en  una  familiar tertulia  donde  expositores  relataron su conmovedor  y educador testimonio de  haber conocido y compartido con el  padre Jose Kentenich.

Los expositores fueron la hermana Silvia Beltrán, el padre José Manuel López y el filósofo Ignacio Serrano.

 

Exposición del Sr. Ignacio Serrano

TERTULIA JOSÉ KENTENICH (Concepción, 9/05/2018)

Ignacio Serrano del Pozo

iserrano@santotomas.cl

 

SCHOENSTATT COMO RESPUESTA A LOS DESAFÍOS ACTUALES. Ese es el título de esta charla.

 

La expresión proviene de un hecho concreto.  Al poco tiempo de haber ingresado al «Movimiento», en un encuentro de la juventud masculina con el P. Humberto Anwandter, le formulé la siguiente pregunta: qué hubiese respondido el Padre Fundador ante la pregunta ¿qué es Schoenstatt?.  El padre Humberto, con la precisión que lo caracteriza, señaló que la respuesta a esa interrogante dependía de la época en que se le hubiese formulado la pregunta. Pero en términos generales, probablemente hubiese dicho que Schoenstatt es una respuesta, una respuesta anticipada a los problemas que aquejan a la Iglesia y al mundo.

Esto es tremendamente importante reconsiderarlo, pues la mayor parte de las veces nos introducimos en Schoenstatt a través de manuales de formación o itinerarios pedagógicos que presentan una sistematización de ideas –los fines, la espiritualidad, las estrellas de la pedagogía- como principios atemporales desarrollados esquemáticamente.

Sin embargo, Schoenstatt es –o quiere ser-, muchos ante que un sistema, una respuesta existencial a problemas concretos, en profundo diálogo o interacción con el tiempo. Esta dimensión histórica no es trivial o insignificante, pues es el modo en que Dios –desde la perspectiva kentenijiana- manifiesta su voluntad.

Bajo esta consideración, importa, entonces, reparar a qué problemas el Schoenstatt fundacional pretendió responder:

En su época, el Padre José Kentenich se enfrentó con dos problemas mayúsculos:

  1. El primero fue el de una correcta concepción y ejercicio de la libertad, que no sucumbiera ni frente al extremo de un individualismo hedonista o desaforado ni que quedase coaccionada o esclavizada por la presión de la masa. “Nuestra tarea pedagógica debe apuntar a la educación para una verdadera libertad. Tenemos que preocuparnos de que los educadores aprendan a tomar una decisión personal por el bien y que sean capaces de llevar a cabo lo decidido. Esto es más importante que la estricta disciplina” (La educación en un cambio de época, 1951).
  2. El segundo desafío que enfrentó el Padre Fundador fue el de la «mentalidad mecanicista», la irrupción de un pensamiento y una cultura que se habían vuelto ciegos para las categorías vitales y le habían dado la espalda a la centralidad de las vinculaciones naturales. Esto es grave, pues la misma comprensión existencial del cristianismo queda en jaque, desde que “El cristianismo es en primer lugar, una revelación de vida y no una revelación de verdades. […] La religión católica, el cristianismo es primeramente una irrupción de la vida divina, en medio de lo terrenal, por la Persona de Cristo” (Jornada de octubre, 1950).

Estas dos cuestiones son tan relevantes, que bien uno podría iluminar toda la historia de Schoenstatt desde estos dos potentes focos:

Libertad

En primer lugar, el problema de la libertad.

Libertad es la primera palabra que aparece en lo que se conoce como Acta de Prefundación de 1912: “Bajo la protección de María queremos aprender a educarnos a nosotros mismos para llegar a ser personalidades recias, libres y sacerdotales. […] Dios no quiere esclavos de galeras, Él quiere remeros libres”. (Bajo la protección de María, 1912) En esa frase, dirigida a un grupo de jóvenes seminaristas pallotinos en etapa de formación, el Padre Fundador condensaba su idea directriz: ninguna meta pedagógica se podría realizar sin hombres libres, que fuesen capaces de asumir la tarea de la educación en sus propias manos. Y esto implicaba no sólo conocimiento y dominio del mundo interior, sino incluso un acatamiento de las reglas y de la voluntad de los superiores (los padres pallotinos en este caso), realizada por propia iniciativa.

20 años más tarde de la época de fundación, la cuestión de la libertad nuevamente se situó en el centro de la vida de Schoenstatt. Se trataba de la libertad para aceptar el querer divino en tiempo de crisis. Para el Padre Kentenich la garra de los totalitarismos ofrecía una oportunidad privilegiada para probar cuán libres somos. La entrega era, en ese momento, radical: por eso el Pater Familias ofrece su cautiverio en el campo de concentración de Dachau para que la Familia creciera en la entrega a Dios. “De todo corazón dono gustosamente al Padre Dios la pérdida de mi libertad –escribe el Fundador- estoy dispuesto a sobrellevarla de todas las formas posibles y hasta el fin de mi vida, si con ello pago el precio necesario para que los míos crezcan en santidad y en libertad interior”. (Cartas del Carmelo, 1941)

Poco tiempo después, en 1949, la comprensión de la auténtica libertad se enfrentaría a la misma Iglesia. En efecto, la dolorosa batalla del Fundador con el Santo Oficio no es sino una pugna por el modo de considerar la obediencia, la libertad y la autoridad. ¨El superior es representante y trasparente de Dios. Obediencia no es por lo tanto servicio a hombres sino a Dios¨ Esta discusión, como sabemos, les costará a Kentenich 14 largos años de exilio en Milwaukee.

OBJECIÓN 1: Ahora bien, si se considera con atención el contexto en el que fue creciendo la libertad como problema central, da que pensar. La libertad es una respuesta urgente del Fundador a la crisis pedagógica, política y eclesial del siglo XX: marcado por la educación represiva de principio de siglo (la generación subyugada del año 14 serán los adultos represivos del 39), por la irrupción de las ideologías más desbastadoras que conocerá la humanidad (el nazismo, el fascismo y el comunismo), y por una Iglesia que en medio del naufragio de los tiempos modernos, sólo le quedaba asegurarse en el poder magisterial y disciplinario del Santo Oficio.

Pero nosotros, muy por el contrario, no nos encontramos insertos en estos problemas. La “pedagogía negra” de principios del siglo XX ha sido reemplazada por una educación de derechos individuales, los macabros totalitarismos dieron paso a una democracia liberal que parece haber triunfado sin contrapeso en Occidente, y el temido Santo Oficio se ha trasformado en la Congregación para la Doctrina de la Fe, un ministerio que parece completamente absorbida en investigación de abusos sexuales y problemas de autoridad.

¿Qué sentido tiene, en esta nueva etapa, la propuesta de nuestro Fundador referida a la libertad?

Vamos a dejar la pregunta en el aire, para avanzar en el segundo desafío que enfrentó José Kentenich.

 

Mecanicismo

El segundo problema asociado al tiempo de nuestro Padre Fundador es el de la «mentalidad mecanicista».  Este es un término técnico, pero en palabras simples, podemos comprenderlo como la imposibilidad de vincular o religar al hombre con Dios, a causa de un enfriamiento de las relaciones personales y una cierta predilección por las ideas por sobre los procesos de vida. Por esto Kentenich se refiere al mecanicismo como un idealismo separatista: separa la idea de la persona y la persona de otra persona, la criatura del Creador, la vida secular y la fe religiosa. A este pensamiento el Padre Fundador contrapone el pensar, amar y vivir orgánico.

La denuncia al pensamiento mecanicista y la necesidad de recuperar una visión orgánica marcaría nuevamente la historia de Schoenstatt.

El Padre señala que él mismo padeció de esta peste espiritual en el tiempo de su noviciado. Y lo describe como una crisis de escepticismo exagerado, fanatismo por la verdad y racionalismo extremo. De esto sólo lo salvará un amor personal y profundo a la Virgen María.

Lo interesante es que si seguimos esta línea temporal, la experiencia del campo de concentración de los años 40 también vuelve a poner en primer plano el mecanicismo, aunque en un sentido diferente: como formalismo e idealismo. El Padre llama a Dachau “una colonia infernal, de muerte, locos y esclavos,” en ese caos caen o sucumben todos aquellos en los que la religión se había convertido más en un sistema de ideas que en una relación personal o que habían hecho del catolicismo una práctica ritualista vacía.

Más tarde, tras la visitación canónica del episcopado de Treveris a la Obra de Schoenstatt, y concretamente después que el visitador elevara su informe sobre el Movimiento, el mecanicismo vuelve a aparecer como unilateralización del pensamiento abstracto. El Padre Fundador reclama a las elites y dirigentes de la Iglesia alemana su incomprensión del carisma pedagógico de Schoensttat a causa de una predilección por las ideas y tareas. Desconociendo que Dios quiere atraer a los hombres hacia Sí a través de lazos humanos y lugares concretos de gracias.

OBJECIONES 2: Llegados a este punto, podemos hacernos una pregunta semejante a la que surgió con el tema de la libertad: ¿Cuál es el sentido de este mensaje desaparecido un catolicismo racionalista o un cristianismo de formas? Pues muy por el contario, nos encontramos más bien frente a una religión emotivista, intimista, llena de expresiones afectivas, más bien vitalista y con poco interés de doblegarse a los dogmas o apropiarse de determinados ritos. ¿Qué tiene que ver el mecanicismo con todo esto?

TESIS: Mi tesis es que el carisma de nuestro Padre Kentenich sigue tremendamente vigente, bajo la condición de que nos preguntemos, en primer lugar, dónde están los sistemas y dispositivos que nos dominan y esclavizan en la actualidad. Y, en segundo, lugar, qué significa mentalidad mecanicista y en qué sentido se han despotenciado los vínculos naturales en los tiempos que corren.

La dominación en el siglo XXI

Para la primera pregunta nos puede resultar de mucha utilidad los análisis que ha venido realizando un filósofo coreano alemán de nombre Byung-Chul Han. De acuerdo a este autor, la principal fuente de esclavitud en el siglo XXI somos nosotros mismos que en las sociedades capitalistas modernas hemos pasado a ser de “sujetos de obediencia” a “sujetos de rendimiento”. Esto significa un cambio de eje, pues para comprender cuáles son las instancias de dominación actuales no ayudan las categorías convencionales de una autoridad despótica o un grupo de poder, pues en estos tiempos no es ni el dictador de turno ni la clase dirigente opresora quienes nos explotan, sino que somos nosotros mismos quienes nos hemos llenado de auto exigencias y nos obligamos a sacarle el máximo rendimiento a nuestra actividad. Esto está referido al trabajo, en el que hemos adaptado el modelo de la máquina: o funcionamos o nos estropeamos, pero no se limita al espacio laboral o de estudio.

Si reflexionamos en nuestro tiempo libre de fines de semanas o días festivos, tampoco nos permitimos la acción ociosa, pues nos llenamos de actividades tremendamente exigentes: gimnasios, running, clases de cocina; canopy o senderismo si vamos al aire libre. Incluso cuando debemos compartir con nuestros hijos continuamos en la misma dinámica de inscribirlos en actividades reguladas, pues todo tiene que ser racionalizado y optimizado. No es vano ésta es la generación de las gatorade, redbull, bebidas isotónica y bebidas energéticas. Incluso en nuestra vida sexual nos auto exigimos el mayor rendimiento. La prueba de lo que venimos diciendo se revela en las enfermedades de la época: déficit atencional, agotamiento, depresión.,

“La hiperactividad es paradójicamente –son palabras textuales de Byung Chul Han-, una forma extrema de actividad que no se permite ninguna acción libre. El reverso de este proceso estriba en que la sociedad de rendimiento y actividad produce cansancio y agotamiento excesivo” (La sociedad del cansancio).

Lamentablemente las actuales tecnologías de la información, los PC y los smartphones, no hacen sino que aumentar esta esclavitud. Ellas también se muestran como una explotación de lo privado.

“Hoy, en efecto, estamos libres de las máquinas de la era industrial que nos esclavizaban y explotaban – nuevamente Chul-, pero los aparatos digitales traen una nueva coacción, una nueva esclavitud. Nos explotan de manera más eficiente por cuanto, en virtud de su movilidad, trasforman todo puesto de trabajo y todo tiempo. La libertad de la movilidad se trueca en la coacción fatal de tener que trabajar en todas partes. (En el enjambre)

Las mismas tecnologías digitales han generado una nueva masa: la masa digital –piensa nuestro filósofo koreano- en el que no hay ningún nosotros, como tampoco vínculos, pues “las relaciones son reemplazadas por las conexiones” (La expulsión de los distinto). Esta nueva esclavitud se puede palpar también en el modo en que interactuamos con las redes sociales: ellas imponen su ritmo acelerado y demandante: pensemos en la urgencia por revisar ticks o palomitas azules en Whastapp, o la ansiedad esclavizante de comprobar cuántos likes o “me gusta” tenemos en Facebook.

En definitiva, la tragedia contemporánea es que hoy no se necesita a nadie que nos explote, nosotros mismo nos explotamos: somos explotados y explotadores, en la medida que estamos todo el tiempo conectados, buscando rendir y recibir la aprobación del otro, para no sentirnos fracasados y culpables.

Este es un nuevo desafío que si bien no estaba exactamente en el horizonte de José Kentenich, su propuesta de un hombre nuevo, “la personalidad independiente, de una gran interioridad, con una voluntad y disposición permanente de decisión, responsable ante su propia conciencia e interiormente libre”, sigue siendo respuesta.

 

La desintegración de las nuevas corrientes religiosas

Reflexionemos, en segundo lugar, en la actualidad del mecanicismo como elemento disolvente de las vinculaciones personales. Para tal efecto conviene reparar en las corrientes espirituales actuales. Me parece que no es difícil dar cuenta que el panorama religioso contemporáneo dista del racionalismo o formalismo que se había instalado en la Iglesia preconciliar. Sin embargo, otro desafío de igual o mayores proporciones cierne sobre nosotros. Vivimos en tiempos de una religión desinstitucionalizada, vitalista y emotivista, una “sacralidad del yo” en el que la religión es una experiencia individual. El papa Francisco ha hecho recientemente referencia a un cierto neo-gnosticismo y neopelagianismo que presenta una salvación interior, encerrada en el subjetivismo. En el último documento elaborado por la Congregación para la doctrina de la fe, esto aparece con lúcida claridad:

“En nuestros tiempos prolifera una especia de neo-pelagianismo para el cual el individuo, radicalmente autónomo, pretende salvarse a sí mismo, sin reconocer que depende, en lo más profundo de su ser, de Dios y de los demás. La salvación es entonces confiada a las fuerzas del individuo, o las estructuras puramente humanas, incapaces de acoger la novedad del Espíritu de Dios. Un cierto neo-gnosticismo, por su parte, presenta una salvación meramente interior, encerrada en el subjetivismo” (Carta “Placuit Deo” de la Congregación para la Doctrina de la Fe)

Esta religión intimista tiene varias explicaciones. Una de ellas es que los hombres nos hemos vuelto reacios a confiar en otros hombres, pues nos es fácil confiar en ellos cuando sus debilidades se nos han hecho tan trasparentes y cuando hemos visto a muchos fallar o actuar de forma que nos ha decepcionado o molestado. En esta lista no se salva nadie: Papa, obispos y sacerdotes. Sin embargo, poco nos damos cuenta de las consecuencias últimas de una desconfianza que termina eliminando al que no se ajusta a nuestra expectativas. La otra explicación para esta religión intimista está ligada a un cierto espiritualismo cósmico que parece querer avanzar más a prisa o más directamente. En ambos casos las causas segundas o las criaturas son relevadas o sustituidas, identificadas como obstáculos en el itinerario espiritual. En efecto, en este mecanicismo neopelagiano o neognóstico se prefiere hacer un contacto inmediato y espontáneo con la divinidad sin mediador alguno. Esto significa no sólo rechazar determinados ritos o prescindir de los textos canónicos, sino también descartar a la Virgen María, a los santos, a todas las criaturas, incluso al mismo Cristo que pierde su carácter de Salvador. Sobre esta situación vuelve a pronunciarse el documento en cuestión:

Para responder, tanto al reduccionismo individualista de tendencia pelagiana, como al reduccionismo neo-gnóstico que promete una liberación meramente interior, es necesario recordar la forma en que Jesús es Salvador. No se ha limitado a mostrarnos el camino para encontrar a Dios, un camino que podríamos seguir por nuestra cuenta, obedeciendo sus palabras e imitando su ejemplo. Cristo, más bien, para abrirnos la puerta de la liberación, se ha convertido Él mismo en el camino: «Yo soy el camino» (Jn 14, 6).[17]

El mismo Padre Kentenich lo dijo en su plática del 31 de mayo cuando propuso la cruzada por el pensar y vivir orgánico, como contraposición al mecanicismo. Una religión sin el otro, sin vínculos, es todo menos católica:

El motivo que nos reúne hoy en esta tarde, indica que el Padre Dios nos ha confiado una gran tarea para todo el mundo, especialmente para Europa, para el Occidente. ¿De qué tarea se trata? Se trata de desenmascarar y sanar radicalmente el germen de la enfermedad que aqueja el alma occidental: el pensar mecanicista.

Vemos como el Occidente camina a la ruina y creemos que estamos llamados desde aquí a realizar un trabajo de salvataje, de construcción y de edificación.

                Todo se puede resumir en las palabras: yo me vuelvo a regalar a ustedes y ustedes se me regalan a mi. Vamos juntos a todas partes, pero en primer lugar, vamos juntos hacia el corazón de la Santísima Virgen, al corazón de la Santísima Trinidad. La Sma. Virgen nos ha regalado el uno al otro. Queremos permanecer recíprocamente fieles: el uno en el otro, con el otro, para el otro, en el corazón de Dios. Si no nos reencontrásemos allí, sería algo terrible. Allí debemos volver a encontrarnos. No deben pensar: vamos hacia Dios, por eso debemos separarnos. Yo no quiero ser simplemente un señalizador en la ruta. ¡No! Vamos el uno con el otro. Y esto por toda la eternidad. Cuán errado sería ser sólo señalizador en el camino. Estamos el uno junto al otro para encendernos mutuamente. (Plática 31 de mayo)

El punto es el siguiente: si bien no estamos en presencia de una religión formal o abstracta como la que sufrió nuestro Fundador, que separa ideas de la persona o petrifica los procesos de vida en meras abstracciones, el problema tiene la misma raíz: una suerte de religión descorporalizada, espiritualizada (un poco light y un poco descafeinada) en el que el amor no es una persona, sino energía; no hay ni misericordia ni justicia divina, sino un karma cósmico, la oración no es tampoco un diálogo personal, sino vaciamiento.

C.S. Lewis en un libro genial, Cartas del diablo a su sobrino, recrea un dialogo entre un viejo demonio y un aprendiz de satán. En uno de sus sabrosos capítulos el experimentado demonio le recomendaba a su discípulo no impedir la oración por su víctima humana, pero que ésta siempre sea por su alma o el bien espiritual del prójimo: “Mantén su atención centrada en la vida interior. Cree que su conversión es algo que está dentro de él, y su atención está, por lo tanto, volcada, de momento, sobre todo hacia sus propios estados de ánimo, o, más bien, a esa versión edulcorada de dichos estados. Fomenta esta actitud; mantén su pensamiento lejos de las obligaciones más elementales, dirigiéndolo hacia las más elevadas y espirituales; acentúa la más sutil de las características humanas, el horror a lo obvio y su tendencia a descuidarlo […]Por supuesto, es imposible impedir que rece por su madre, pero disponemos de medios para hacer inocuas estas oraciones: asegúrate de que sean siempre muy “espirituales”, de que siempre se preocupe por el estado de su alma y nunca por su reuma.”

Para una sana mentalidad orgánica, contraria al mecanicismo, Dios está presente activamente en los otros: en mi hijo, en mi cónyuge, en el sacerdote; y su gracia se instala en determinados lugares y actúa a través de instrumentos concretos. Jesús cura con lodo y saliva e instituye la eucaristía con pan y vino. Un neomecanicismo parece no reconocer esto. Pues para esta mentalidad Dios es espíritu y yo también puedo arreglármelas a solas y directamente con Dios. Deja de tener sentido la confesión, el bautismo, lo mismo el sacramento del matrimonio y la eucaristía.

Tanto la visión individualista como la meramente interior de la salvación contradicen también la economía sacramental a través de la cual Dios ha querido salvar a la persona humana. La participación, en la Iglesia, al nuevo orden de relaciones inaugurado por Jesús sucede a través de los sacramentos, entre los cuales el bautismo es la puerta,] y la Eucaristía, la fuente y cumbre. (10,11,12,13. Carta “Placuit Deo” de la Congregación para la Doctrina de la Fe)

CONCLUSIÓN

El desafío no es sólo mirar lo que vio el Padre: él se enfrentó al bolchevismo o al nazismo, a la Iglesia pre conciliar y al idealismo secular. Pero esos no son nuestros combates. El desafío mayor es ver no con los ojos del Fundador, sino con su anteojos: para que podamos observar e interpretar nuestra propia realidad, los nuevos problemas, los retos más actuales, para abordarlos de desde su carisma. Esa puede ser nuestra contraseña: qué haría Kentenich frente a los desafíos de nuestro tiempo.

 

“El viene cada día para cada día”….. PJK

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